La primera vez que me acerqué a una de sus series, vi los fantasmas revelándose sobre acetatos, bajo una capa gruesa de resina, como atrapados y exhalando una suerte de palabras en diferentes tipografías que jugaba a construir frases. Haciendo memoria se trataba del cierre de carrera de Lina Arias, y su primera exposición como maestra en Artes Visuales. La experimentación en la combinación de técnicas y el ejercicio constante de la pintura, han hecho que en muy poco tiempo el trabajo de ilustración que empezó siendo por encargo, se convirtiera en una rutina minuciosa y casi obsesiva tan notoria y contundente, como el nivel de detalle que caracterizan los personajes que habitan sus fantásticos espacios.
Al oírla hablar de su trabajo y al ver los resultados de su ejercicio, se nota esa particularidad que tiene en el oficio de ilustrar (reinterpretar el mundo sugerido por el escritor, coloreando las palabras y entrando en los detalles al ritmo de los signos de puntuación) y en este caso particular, para llegar al de pintar consolidando un estilo y explorando la historia, los textos y bancos de imágenes que enriquecen los temas que como imán, atraen su mano. Circos, cortes anacrónicas y tierras del lejano oriente, se conjugan en seres livianos pero cargados de melancolía. Los fantasmas a los que Lina Arias se ha terminado acercando son los propios, no los de la guerra (los de carne y hueso de la memoria colectiva) sino los de cuento, los que pueden volar y no son insectos, los que pueden llorar lágrimas que se cristalizan, los que existen desde la infancia y que nuestra fantasía y deseo siguen alimentando.
Por: Catalina López B.
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